viernes, abril 18, 2014

la soledad...

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Retorna al hallazgo de rocas negras que el mar traga en la espesura de las estrellas. Mira el horizonte, ese cielo que oscuro con las velas encendidas al ritmo que rumor de las olas la invitan a ser parte de él. Esta sola. Sola y la naturaleza. La naturaleza y ella. Soñaba despierta con el letargo de la isla. Se le hacía pequeña y quería ir más allá. Más allá del oleaje sereno que había esa noche. Ahí había una pequeña barca. Una barca que la invitaba a navegar por ese manto oscuro mecida por sus sueños. Cuando se halló lejos de la costa, en ese punto donde solo la brisa entona una canción, se detuvo. No quiso ausentarse más de la isla. Tiró los remos. Y allí se quedo con el respirar hondo que llega al alma.
                        Ella: Aquí estoy. Aquí estamos. Mi espíritu y yo. En medio de la paz. Del incansable ronronear de las mareas. Acunada por olillas de tersas espumas blancas que me dan cierto aliento para seguir. Para seguir en esta vida.
                       Cachalote: Sí, estás aquí. En mezcolanza con las estrellas marinas y los astros que abogan    por ese tiempo perdido en tu vida. Vienes a recuperarlo con la luces de la atmósfera que suavemente muerden tu conciencia.
               Ella: Tú que me hablas. Dime que será de mi destino. Un destino incierto que se condena al silencio de mis manos, de mis ojos, de mis caricias por este mundo.
           Cachalote: El que tu marques. La espera ha sido muy larga, muy larga. Y caes bajo la gravedad de tormentas sobre tus sienes. No has completado tu ser en esta vida. Te falta amar, amar ¡Ay de ese amor¡ No te atreves, no se atreve. El temor es causa que te abstiene a ser mujer libre de las cadenas que presan tus venas.
      Ella: Sí ¿Cómo decírselo? ¿Cómo hablar para que mis palabras no sean signo de negatividad sino una fuente por la que corre libremente el agua que he de beber?
    Cachalote: Déjalo venir. Todo viene. A un paso lento que es fuego que alumbrará tu corazón. Regresa a la orilla. Aquí sola, aislada no tienes nada que hacer. Solo disfrutar de la madre naturaleza cuando todos duermen. Vendrá. Seguro. Con sus caricias y besos, con sus palabras y silencios.
  Deja la barca. Bucea y nada hasta la orilla. Allí se extiende desnuda con solo el abrigo de las rocas. Se sienta y mira el firmamento. En su travesía los astros se han evaporado y aparece el broncíneo del amanecer. Los observa y se siente dichosa. Que cambiante es el reino natural. Es bello. Es hermoso. Es lindo. Se mira a sus manos. Manos vacías a lo largo de los años. Y una lágrima cae sobre ellas. Quema. Sus sensaciones son extrañas. Todo sigue igual. Pero ha rejuvenecido su alma. La pesadez de su cuerpo se levanta y se aproxima al acantilado. Quiere escalar. Sí subir a lo más alto. Y lo hace. Sangra pero lo logra. Consigue esa cima en la que se ve toda la ínsula. El mar, las olas, las rocas, el amanecer. La soledad.

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