viernes, diciembre 02, 2016

LA ISLA...

Pisadas dan abundancia a un nuevo amanecer. La isla, enfrente, sobresaliendo entre pesadas nubes. El piensa, ella piensa que tendrán que ir. Hace años de sus aislamientos en ínsulas mayores pero, la isla, la isla diminuta donde lobos marinos desembarcan su aliento hace tiempo que no la visitan. Maravilloso pedazo de tierra donde emerge lava y arboledas inconquistables para el hambre humana. No sabe quien la protege, será algún Dios de estos rincones del universo el que vierte su escudo a ella. Es sagrada para las danzas ancestrales ahora idas, decaídas en la perdida de la creencia. Ellos irán cuando la oscuridad condene los ojos que miran al horizonte en el eclipsar.  Cuando la noche llegué se desnudarán y de orilla a orilla serán gaviotas negras que con sus braceadas la visiten. Lo necesitan por unos instantes sentirse libres, anclados en el tiempo ido. Cuando la noche llegué saborearan de ese paraje inaccesible para muchos otros donde sus garras no más que son cemento y taladros. Podrán pasear en su belleza y sentir un aire distinto, como diría, un aire donde la fogosidad de las entrañas del planeta y la naturaleza los haga vivir lo hermoso, lo perfecto. La isla, elixir de la fraternidad, del respeto a la madre tierra congregada por aves emigrantes que les dirán de los secretos que guarda este mundo.  Y llega y llega la noche, ahí van, liados en sus cuerpos a la isla. No está lejos, solo, la ausencia de nuestra memoria. No hay nadie, pájaros de colores les da la bienvenida, palmeras abundantes en su mecer anuncia la llegada. Caminan por a ras de su corpulencia suave, tierna, enhebrando los deseos del mañana. Solos se ven alumbrado por la densa virginidad de su lindeza, más perfecta no podría ser. Es como si hubieran realizado un viaje al pasado, ese pasado que se halla ahora frente a ellos, de donde vinieron. Desnudos no saben si regresar. A lo lejos un faro preñado de lluvia se deja ver. Aquí, la nada los rodea, los absorbe, los mima. Se besan, así, como apoteosis del elixir de este lugar. Estrellas fugaces les da la bienvenida, la mar en calma los solicita como únicos que pueden acariciar su frondosa riqueza. Puede ser que no regresen más, que se transformen en cenizas que toman raíz ahí. Así, abrazados en la bonancible que los consume.

jueves, diciembre 01, 2016

La mar...

La mar. La noche. Mareas infranqueables donde caracolas alzan barcas del olvido. Náufragos. Muerte. La búsqueda de la verdad cuando la luna blanca es alianza de los rostros demacrados por la inclemencia de nuestras palabras. Adiós, amigos-as mías en la densa capa de gaviotas vigías de la extensión de vuestros cuerpos a la deriva. La noche. La noche embelesada al compás de inmutables sonrisas orientadas al desdén del vivir en sus tierras. Somos propietarios de la nada y a la vez tenemos derecho de alzar nuestros pasos en cualquier lugar, libres. Sí, libres del volcar de nuestras alas en las entrañas distorsionadas de un globo comido por la insolidarias almas andantes en su superficie, a ras de nuestra mirada decaída cuando buscamos el sosiego. La mar. La noche. Qué guarda en su vientre de acero. Frío. Decadencia. Heladas manos acogen sus manos ya fenecidas, ya carcomidas por el vuelo fugaz de la vida...

miércoles, noviembre 30, 2016

Animo

Animo, la danza del desierto es lumbre de los corazones yertos en el cambio de sintonía al ritmo de esta esfera. La paz, ahí, se congrega con garzas azules batiendo el vuelo en el sentido de la existencia de una promesa que nos arranque de las malas raíces ramificadas en el no de su ascensión hasta la cumbre más alta. Venga, sigamos, continuemos con la lucidez de los astros vagando en el deseo, en el anhelo suave de una esperanza abotonada de blanco. Miremos allá arriba, un cielo límpido y en calma clama el regreso de sus ojos plateados, mansos sobre este planeta. Acaricia mis manos, acaricia tus manos, acaricia nuestras manos conscientes del sendero próximo  al equilibrio, a la armonía. Se acerca, sí, viene con un grito insonoro con él nunca más de las batallas que nos tira por precipicios nefasto. Ay…la paz…la paz solo es eco de nuestro yo. Nos sentaremos donde las olas rompa y envejeceremos con la promesa de una tierra sostenible para venidera estaciones. Ay..la paz…la paz, izamiento de plumas amarillas transeúnte de las miradas.


Sigamos...

Sigamos,
A través de los ojos nutridos
Del aliento del crepúsculo.
Aquí, nuestra madre,
Atmósfera del bien
En la proyección de un mañana
Elaborado con añejas recetas
Suspirando al amor.
Sigamos,
Un árbol se hace gigante
Y de sus ramas colgamos
Cada instante en los años
Crecientes en la memoria.
Así, madre,
Consuelo de nuestras espaldas
Emancipadas del mal,
De la proyección en vertical
De nuestros pasos.
Sigamos, continuemos

En el mecer de sus sueños. 


lunes, noviembre 28, 2016

No me digas que llega la noche. Esperaba saborear algo más de luz, consumirme hasta los últimos rayos solares. No me digas que te vas. Estamos, aquí, en un andén a la espera que el tren pase y te evapores en la distancia. Bueno, a lo mejor será benévolo para ambos, un alejamiento por poco meses, por poco días. Ya el tiempo dirá. No me digas que no vas a volver. Ja…tengo que creerte, no sé si lo superaré. Intento edificar un mundo de cristal a mi derredor y la tensión se mueve en sentido de la decadencia. No sé lo que te ha pasado. Esta ruptura…este adiós imprevisible. Sí, disfrutamos mucho con el juego del amor, con el juego de la existencia de nuestros labios acariciándose. No sé qué pensar. Con tu ida me derrumbo, no la esperaba. El tren se acerca, siento su chillar melancólico enraizado a raíles oxidados. Bueno, te dejo. Me voy. No te olvides la maleta. No sé ni lo que te llevas, espero, algún pedazo de lo que fue. Me voy. Ella ahí, esperando la llegada del tren con su maleta quejumbrosa. No la entiendo. Quizás sea para bien. Quizás….quizás mañana volverá.

Pesa esta maleta a igual que cada recuerdo de nuestra convivencia. Pero no puede ser. Ya se ha ido. Siento alivio, una congregación de paz se revuelca en mi vientre. ¡No¡ no sentiré aspereza, hincaré el diente a un vagón y me difuminaré de su espalda ya ausente para él jamás. No, no volveré. Hastiada. Necesito de mi soledad, de mi interrumpible grito de libertad. Subo al vagón, rostros extraños desvían la mirada al horizonte oscurecido. Me siento sola. No hay nadie ni al lado mío, ni enfrente. Necesito respirar. Ella creé que retornaré, pero no, esto es solo ida. Una ida que se funde bajo los montes rápidos que veo en viaje. Ella cree que me ausentaré por un corto periodo pero no es definitivo, una ruptura balanceante en todos años ¿Cómo no pudo verlo? Es incompresible. La frialdad azotaba nuestros corazones o mejor dicho mi corazón. Solo disimulaba para no dañarla. Todo tiene un límite, un límite donde el cuento se pierde en el olvido y evocamos su fin. Quizás…quizás mañana lo entenderá.



domingo, noviembre 27, 2016

Cansada...





Es otoño. La lluvia, los trozos de hojas se expanden a través de nuestras pisadas. Amanece, singladuras más allá del viento norte que agarra nuestro rostro y lo encrudece. Vengo de lejos, de muy lejos. Ahora aquí evoco la memoria de los cuerpos arrastrados por el mal oleaje, por la maldita brújela de la existencia. Somos muchos en una barca que en cualquier momento se destrozará, se hundirá con nuestras almas abogando a la vida. Sí, la vida…a veces tétrica, plasmada en nuestros anhelos que ahora se diseminan en este océano de la distancia. Alambradas se enredan en nuestras manos, tierras yertas a la libertad enmudecen y no nos dan la bienvenida. Somos ecos de ellos, de esos centros donde como con rejas oxidadas que nos impide ver la luz. Al menos lo hemos alcanzado. Gigantes urbes edificadas en el silencio de la armonía. Será otro punto de vista. Estoy aquí en un recinto cárcel donde la llamada a la libertad será todavía lejana ¡Ven¡, digo. Ven hacía nosotros con alas majestuosas para poder alzarnos. Estamos atados, atados a la ventura de un sueño que envejece a medida que pasan las estaciones. Solo he huido. Huir de la masacre, de los corrosivos alientos y ojos de humanos que al fin al cabo solo quieren la muerte. Desde mi ventana enrejada veo solo un patio donde, nosotros, los huidos al encuentro del sosiego damos vueltas y vueltas en círculo. No, ¿qué delito hemos realizado? No lo entiendo. Solo quiero auxiliar a mi familia de los terrores de la guerra, del hambre, de las injusticias. Nos tratan como delincuentes, aquí, clausurados a la fragancia vital del continuar con nuestras pisadas ¡Dejadnos¡ ¡Dejadnos navegar por vuestras calles al son de una lenta respiración¡ Quiero oler la jornada sin mis ojos presa de estos barrotes. A  veces pienso, huir de nuevo. Ah, no tengo fuerzas ¡Cansada¡ Cansada de la monotonía de este supuesto grito de libertad. 


viernes, noviembre 25, 2016

Alejados...

Alejados, momentos que se contrae en un espacio donde dos cuerpos trepan a la cumbre de sus besos. Ellos, ahí, desfigurando lo cotidiano en el albor del querer. Somos seres de aquí, de esta atmósfera absorbiendo de las jornadas lo más hechizante, lo que se pueda enhebrar bajo las luces de un otoño. Un árbol más allá de la ventana que los vigila, así, de manera suave, reflejando el viaje a los eviternos instantes. Dos cuerpos sudorosos en la estampida monótona de los soles. No desean aliarse a la existencia, a la vida que los hilan con otros. Están bien, aislamiento hasta que el cansancio se arrime a sus alas ahora inmóviles, estáticas, palpables a ras de sus miradas. Sí, alejados, sentidos presente en la emoción, en el mágico imantar de la dualidad de sus manos. No hablan del adiós ¡Flores emergentes en la sutil caricia de sus labios¡ Así, en el infinito del universo solo olisqueado por perennes gracias del uno con el otro, del otro con el uno. 


sábado, noviembre 19, 2016

El orificio...

Una bóveda ceniza anunciadora de lluvias venideras huelo desde este rincón donde estoy. No sé por qué me dio por vigilarla, es algo que me asusta, que me incomoda. Un pequeño orificio en la pared daba a la habitación contigua. Al principio pensé de que se trataba de una mancha, una mancha en la pared. Cuando fui a limpiarla descubrí que mi ojo podía mirar más allá de este cuarto donde ando recluido. Ella ahí, desnuda, bailando al ritmo de una música acelerada. El sudor de su cuerpo, la atracción. En su habitación no hay ventana solo la luz de una lámpara sin embargo ella parecía estar ausente a todo lo que la rodeaba. Yo vigilante en cada despertar de su ser, de sus movimientos. Alrededor un halo de hojas secas serpenteantes a sus pisadas, a cada tacto de ella con el suelo de madera ¿Cómo podría ser? Yo miraba y miraba, miraba en su soledad, como se acariciaba su cuerpo en cada paso frente a un espejo. Me era desagradable el estar espiando su intimidad. En la residencia decían que era una chica extraña, introvertida, una mezcolanza entre el aislamiento y los desiertos cuando la timidez invade la persona. Ello me hacía mirarla más y más. Era una explosión en plena calma, una mujer que rozaba la ensoñación cuando a solas se encontraba. Me dio cierta pena. Observaba como hablaba con estas paredes, con la alfombra de hojarasca que bañaba su habitáculo. Un día decidí tapar el agujera, dejarla en su mundo, ese mundo que desconocemos. Comencé a saludarla a partir de ese momento. Sí, hablar con aquella que había emocionado cada instante de mis ojos en el agujero de la pared. Nunca le conté mi secreto, nunca le dije que la amaba.